Darko y el zorro - Capítulo 1

Lo leo por ti?

El invierno era muy crudo y la nieve cubría todo con un manto blanco. Estaba amaneciendo y aunque en el cielo se veían algunas nubes, éste se mostraba bastante despejado. Aún no había aparecido el primer rayo de sol, y Darko ya se había levantado. Era un muchacho delgado pero fuerte, de ojos grises y mirada triste. Tenía el cabello negro como el azabache, y le caía por la espalda formando una gran melena. Su piel curtida por el sol demostraba largas permanencias a la intemperie.

Todavía bostezando, puso a calentar un poco de sopa en un caldero colgado de un gancho sobre el fuego de la chimenea. Mientras se preparaba el desayuno, abrió el arcón donde guardaba su ropa y sacó del una capa con capucha, estaba bastante raída, pero era lo mejor que tenía para protegerse del frío. Después descolgó de la pared un arco de tejo y un carcaj con flechas que habían pertenecido a su padre. Se sentó a la mesa y comenzó a examinar con mucho cuidado las saetas, para comprobar que estuvieran en buen estado. Cuando estuvo satisfecho, tomó el arco, ajustó la cuerda a los extremos de este, y lo tensó varias veces hasta que estuvo seguro de que ya estaba calibrado. Después se acercó al fuego y retiró el caldero.

Cogió una escudilla y una cuchara y se sirvió la sopa. Mientras comía, miró el arco y las flechas y una lágrima rodó por su mejilla. Recordaba cuando iba a cazar con su padre y las cosas que le enseñaba pero ... el destino quiso separarlos. Juntos, antes de la desaparición, trabajaban para el gobernador.

Cuidaban a los pura sangre de este y mantenían las cuadras limpias y confortables para los preciados animales. La fama de excelente puntería con el arco de Rangol que así se llamaba su padre, era bien conocida por el noble que le pedía que cazara ciertas piezas cuando había algún importante banquete.

Pero aquel fatídico día, el gobernador ordenó a Rangol que fuera a cazar un gran venado, y los más grandes de estos animales se encontraban en lo mas profundo del bosque, donde nadie se aventuraba a entrar, pues corría la leyenda de que allí habitaban seres malignos. Este, fue a cumplir el deseo del alto mandatario pero jamás regresó.

¡Yo maldita sea, solo tenía 12 años!, ojala habría tenido 20 como ahora, ¡habría ido a buscarle!, exclamó Dharkko con una mezcla de rabia y tristeza. todo había cambiado para él desde entonces. Ahora vivía en una desvencijada cabaña a las afueras del pueblo, entre la orilla del rió y la linde del bosque.

Si podía sobrevivir era gracias a las enseñanzas de su padre, recordó, que el odioso gobernador cuando Rangol desapareció, mandó que se le abandonara a su suerte. Se enjuagó las lágrimas con el dorso de la mano, y acabó el desayuno, mientras pensaba: Hoy va a ser un día muy duro.

No podía perder tiempo, tenía que salir a cazar. Era necesario que consiguiera una buena pieza, pues la comida ya empezaba a escasear. Se levantó de la mesa y retiró la escudilla y la cuchara, dejándolas a un lado. Recogió su pelo en una coleta que sujetó con una tira de cuero.

Se puso la capa, después se ajustó el cinturón y colocó en el un cuchillo de caza con el mango de cuerno tallado, otro recuerdo de su padre. Tomó la mochila que él mismo había hecho con la piel de un ciervo que cazó el otoño pasado, y metió en ella un odre con agua, un poco de carne seca y algo de pan, se la colocó en la espalda y ajustó las correas, por último, se colgó al hombro el arco y el carcaj. Para estar seguro, hizo mentalmente un inventario de lo que llevaba, y se convenció de que todo estaba bien.

Cubrió su cabeza con la capucha de modo que solo se le veían los ojos, se dirigió a la puerta y salió, sintiendo a cada paso la nieve bajo sus botas. Se detuvo un instante y clavó la mirada en el palacio del gobernador, y su semblante se transformó en un gesto de odio. Maldito seas, murmuró con rabia. Después se dio la vuelta y se internó en el bosque.

Avanzó entre la vegetación atento a todos los detalles, comprobando todo a su alrededor, la hierba los troncos de los árboles el suelo ... el instinto de cazador experimentado, aguzaba todos sus sentidos, concentrado en la búsqueda de una buena presa. Aquí y allá, observaba el pelo de un conejo enganchado en unas hierbas, las huellas de un oso, las heces de un venado ... ¡Un venado!, eso era justamente lo que necesitaba.

Examinó con atención el suelo, y descubrió un poco mas allá las señales del ciervo, eran recientes, y el animal parecía bastante grande a juzgar por el tamaño y la profundidad de las pisadas. Comenzó a seguirlas, y durante un trecho las encontró con facilidad, pero cuanto más se adentraba en el bosque, la nieve era más escasa y los matorrales más espesos y se le hacía más difícil. Se inclinó casi con la nariz en el suelo, y apartó con las manos las plantas, allí estaban, eran casi imperceptibles, pero para un experto cazador como él nada se escapaba. Se mantuvo agachado y avanzó lentamente unos metros. Estaba tan atento mirando minuciosamente el suelo, que casi chocó contra el tronco de un árbol. Se irguió, y miró en derredor.

Se encontraba en un claro, rodeado de árboles y alta vegetación. Alzó la mirada, y tuvo que entrecerrar los ojos un instante pues el sol le deslumbró. Vio las altas copas de los árboles y el resplandor verde dorado de las hojas atravesadas por los rayos del astro rey. Caminó hacia el centro del claro donde los árboles no hacían sombra, y se quedó allí durante un tiempo, dejándose bañar por la cálida luz, y sintió como lentamente su cuerpo entumecido por el frío, recobraba el vigor.

continuará ...

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