El Duque de Lorstan Thomas Tinkerton, noble adinerado y dueño de un hermoso palacio y extensos terrenos, decidió una agradable mañana del mes de mayo, salir a cabalgar por sus tierras.
Después de vestirse con su mejor traje de montar, recogió su fusta preferida de la repisa de la chimenea del salón donde siempre la dejaba (manía del Duque como muchas otras en él) y se dirigió hacia los establos en busca de su más preciada yegua blanca.
En el corredor principal que llevaba, entre otros sitios, a la cocina, despensa, las habitaciones del servicio y claro está, a la puerta delantera. Se topo con el mayordomo que portaba una gran bandeja de plata con el desayuno de la duquesa.
-Buenos días señor...!, está usted esplendido con su traje de montar!...¿desea que avise al mozo de cuadra para que ensille a su yegua...; señor?-
El Duque lo miró como quien mira a un cuadro feo y respondió cortante:
-No es necesario, lo haré yo mismo. Lleva el desayuno a la duquesa inmediatamente...¡y que no tenga que repetirlo! -
el mayordomo bajo la cabeza y respondió de inmediato:
-Si señor, ahora mismo señor, como ordene el señor.-
y se alejo rápidamente dirigiéndose a las habitaciones de su señora.
El Duque sonrió maliciosamente mientras pensaba:
-¡no permitiré que una escoria como esa me diga lo que tengo que hacer!-
agitó furiosamente la fusta en el aire y haciendo gala de su mayor arrogancia, salió del palacio a grandes pasos.
En el establo cogió la silla de montar y los arreos mas ostentosos y se acerco a Danka que mordisqueaba lentamente la mejor y más sabrosa alfalfa pues ella era la preferida del Duque.
Thomas acarició el hocico de la yegua y después retiro la manta que la cubría, después le coloco el bocado y las riendas y para terminar la lujosa silla de montar.
satisfecho de su obra dio un paso atrás y contemplo con orgullo a su yegua mientras pensaba:
-¡un hombre tan poderoso como yo no puede permitir que ningún estúpido criado le diga lo que debe o no debe hacer!-
al mismo tiempo que este pensamiento llenaba su orgullosa mente, en sus labios se dibujo una sonrisa desdeñosa.
con aires de superioridad; bien estudiados, tomo las riendas y tiro de Danka para sacarla del establo.
Ya fuera, miró hacia el horizonte y después a sus interminables tierras.
Se ajustó el sombrero y con el gesto más claro que demostraba su prepotencia, alzó un pie y lo colocó en el estribo saltando seguidamente sobre el lomo de su montura.
justo entonces su cara cambió, al notar que el estribo se deslizaba bajo su bota y arrastraba tras de sí la silla de montar. Antes de que pudiera hacer nada para evitarlo se vio de bruces en el suelo cubierto de barro paja y estiércol de los caballos. Furioso, sorprendido, humillado por su propia estupidez y descuido, muerto del asco por sentir sobre él todas aquellas inmundicias, se levantó como un resorte y miró la silla de montar desparramada en el suelo y confirmó su torpeza.
-¡Maldición!, ¡no había ajustado la cincha!-
notó como la rabia surgía de su garganta mientras gritaba:
-¡Maldita rata!, ¡Cuando coja a ese inepto mozo de cuadra le arrancare la piel a tiras!-
Es curioso como nuestro subconsciente consciente siempre nos exculpa de nuestras propias culpas.
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